Hoy las tradiciones que formaban nuestro ser mas profundo, esos conocimientos que son tan antiguos que casi se disfrazan de instintos, se han perdido y olvidado por las nuevas generaciones.
Hoy pocos saben que era un bailarín del rayo, y menos aún saben porqué bailaban.
Hoy se han olvidado a esas patéticas figuras dolientes que bailaban sin desmayar en las viejas fiestas patronales llamando un rayo que nunca llegaba y al cual por otra parte nadie quería dar la bienvenida.
Hoy, cuando muy pocos de los que saben de ellos no han muerto, muy pocos de entre esos pocos saben quien fue el primer bailarín del rayo.
¿Cuántos saben que no bailaba para atraer el rayo sino para el simple placer del rayo?
No más de cincuenta años antes de la llegada de Hernán Cortés al reino de los nauas, Atl, un sombrío e insignificante artesano de la familia de Coatl, caminaba por sus jardines. Cada atardecer y cuando el sol dejaba de torturar a las flores, el artesano interrumpía su tarea y caminaba entre las frescuras del follaje respirando el aire húmedo y tratando de leer y entender lo que las sombras dibujaban entre las hojas.
Era un hombre feo y no ignoraba su condición.
No era un hombre inteligente pero advertía su carencia.
Así, se pasaba la vida admirando la belleza y la inteligencia de los demás.
- los sabios – decía- necesitan quien los escuche… los hermosos, quien los aprecie…tengo buenos ojos y buenos oídos… ese es mi don.
Y el don de buenos ojos y buenos oídos llenaba la vida del feo Atl de belleza. A veces, un poco de esa belleza se volcaba a las piezas de cerámica que salían de su taller.
Una de esas tardes de paseo, Atl, recibió una visita.
Un Colibrí, un Huitzín verde azul, al que habitualmente veía sobrevolar su jardín y libar de sus queridas flores se detuvo en el centro de un claro, sin acercarse a ninguna flor y sin buscar el resguardo de la sombra. Solo, detenido inmóvil en el aire, no era una visita anormal o poco común. El diminuto Huitzín era en esos días un pájaro respetado en el reino de los nauas y en los reinos vecinos. Todos sabían que el Huitzín libaba las almas de los labios aun trémulos de los guerreros muertos y las llevaba directamente al paraíso.
Pero como además de respetar los poderes del pájaro, Atl también admiraba su belleza se acercó lentamente para verlo de cerca.
Todos saben que los Huitzines son curiosos y para nada tímidos, así que al artesano no le extraño mucho que el pájaro no huyera y lo aceptó como un regalo. Como un golpe de suerte.
Durante largos minutos estuvo cara a cara con el colibrí admirándose de su belleza y perdiéndose en sus ojos oscuros.
Los minutos se hicieron horas y la luz del día abandonó el jardín. El Huitzín brillaba en la oscuridad y Atl pudo oler el perfume de su minúsculo cuerpo tornasolado.
Luego hubo un temblor, una distracción y en un zigzag como el de un relámpago el colibrí se escapo hacia el cielo negro.
Esa noche Atl no durmió y solo pensó tendido en su jergón, en el pájaro brujo.
¿Cual era el color exacto de sus plumas entre azules y verdes?
¿Cuál la cifra exacta de esas plumas?
¿Cuántas semillas pesaba y cuantas uñas media el frágil cuerpo?
¿Qué pensamientos discurrían detrás de esos ojos oscuros?
De tener estas dudas, respuesta para un mortal… ¿aquellas respuestas definirían al Huitzín?
¿Contendrían estas respuestas la naturaleza del colibrí?
El día siguiente lo pasó esperando por la presencia del Colibrí y despreocupado de todas sus tareas. El fresco y oscuro taller del ceramista estuvo abandonado y en el solo los aprendices reinterpretaron la belleza del mundo sobre la arcilla cocida.
El colibrí llego ese atardecer y no volvió a irse.
Día tras día entablaron un mudo dialogo de observación, donde cado uno trataba de descifrar al otro como a un enigma.
Fueron días de solo mirarse a los ojos y el cuerpo y los gestos y de suspiros que hinchaban los pecho, el oscuro del hombre y el diminuto pecho del pájaro.
Una mañana, el colibrí habló y al hablar sorprendió a Atl.
Nadie dudaba que un pájaro brujo pudiera hablar pero el artesano no entendió nunca porque un portento semejante quería hablar con el…
El Huitzín dijo:
- no me mientas, no te mentiré. No digas una sola palabra en falso y no lo haré yo. Proponme lo que quieras y lo aceptaré, hasta que quiera hacerlo.
- estemos juntos- dijo- hasta que decidamos lo contrario.
Y Atl el artesano de la vieja casa de Coatl aceptó el contrato con lágrimas en los ojos…
Día tras día los dos se pasaban las horas de la vigilia mirándose y hablando y las horas del sueño uno junto al otro tratando de dormirse después y despertar antes que su compañero para poder verlo dormido a su lado.
Día tras día ambos dejaron transcurrir el tiempo solo disfrutando de la presencia del otro y sin querer estar nunca en otro lado.
El hombre y el colibrí intercambiaban sus mapas del mundo y uno completaba su percepción de la vida con la de su compañero realzando en esta comparación su individualidad.
Y en un momento que no pudieron definir, supieron que se amaban.
Cuando eso ocurrió el viejo taller ya estaba convertido en un reino de escarabajos de polvo y arañas de la jungla. Los aprendices lo habían abandonado antes, al sentir que el maestro ya no estaba atraído por el barro y corría tras otros sueños.
El amor de un artesano y un colibrí convirtió a un puñado de aprendices en maestros a la fuerza de sus propios talleres.
A medida que el tiempo pasaba y el vuelo estático del colibrí se convertía en un milagro cotidiano solo opacado por el de un pájaro y un hombre enamorados entre si, el colibrí fue cambiando de forma. Atl descubrió que la esencia del pájaro brujo era tan inmensa que su cuerpo no la contenía y que esta esencia se escapaba y crecía y brillaba y zigzagueaba llenando el cielo.
Hace muchísimos años, hubo un momento en que un oscuro maestro ceramista de una casa menor dejo de ver a un colibrí y en su lugar vio un rayo.
Y cuando lo vio su amor no se mitigó en absoluto…
Solo pensó:
_ ¡que bello es el rayo que amo!
Pero a medida que Atl amaba más a su rayo mas lo conocía y comprendió que así como la libre mutabilidad había sido la naturaleza del Huitzín, era esa libérrima condición la naturaleza del rayo que amaba.
Y supo que para no perderlo debía evitar que el aburrimiento y el tedio ganaran el alma voladora del Huitzín.
Debía lograr que el rayo sintiera que no había mejor lugar para estar que a su lado y que nada fuera mas bello para el colibrí que el suelo sobre el que pisaba el artesano.
Debía lograr que el rayo sintiera que el corazón del ceramista era el centro del universo.
Y entonces empezó a bailar para el colibrí todo el día.
Pinto su cuerpo de rojo y negro y perforó sus lóbulos con aros que tintineaban cuando el se movía al compás de su corazón. Con el mismo fin ciñó cascabeles en sus tobillos. Decoró sus dientes con silicios que brillaban cuando sonreía. Y bailó.
Bailo durante años para el deleite de su amado y cada día lo hizo mejor. Mejor por la habilidad adquirida por la practica y mejor por el miedo de perder al objeto de su amor…
¿Habrá algún bailarín mejor que yo?- Se preguntaba sin vanidad.
- ¿habrá algún sitio que sea mas tentador que este para el rayo?
Pero, fuera de estas dudas, el hombre también pagó su precio y cobró su premio por esta danza.
Los nunca interrumpidos días de danzar afinaron y endurecieron sus músculos y convirtieron sus huesos y tendones en varas de metal y cordones de seda. Los dientes se afilaron y sus uñas crecieron. La piel se oscureció y sus ojos cambiaron el color. Las noches de vigilia afinaron los sentidos y el deseo de intimidad alimentó un gesto feroz que alejaba a los vecinos.
Y los días y las noches fueros estaciones y años y el danzarín no paró jamás de moverse al ritmo de una música que solo ellos dos oían y que solo para ellos dos se ejecutaba.
Ninguna mujer reclamó al hombre porque ya no había allí un hombre, sino una bestia oscura y ningún Huitzín reclamó al pájaro porque ya no había pájaros en ese jardín, sino un rayo.
Una mañana, después de muchos años, el rayo habló con Atl.
- ayer- dijo- descubrí que ya no quiero estar aquí… y hoy sé que desapareció entonces la única razón que tenía para estar aquí.
Atl tuvo la certeza de que el pájaro brujo hablaba como siempre con una verdad cuidada y precisa y resguardándose en el mínimo escudo de la dignidad, dejo de bailar.
Los cascabeles callaron.
- has sido…- dijo el hombre que había sido artesano- lo mas bello que me ha pasado y te he amado mas de lo que he amado a nadie o a nada.
Y no pudo decir nada más. Recordó el trato y su contrato con el rayo era demasiado claro para que un hombre honesto lo rompiera y si bien Atl no era del todo honesto cuando conoció al colibrí, ahora parado frente al rayo lo era.
El rayo besó largamente los finos y correosos labios de Atl y el sol ya estaba poniéndose cuando en un temblor y un chispazo de luz, se desvaneció en la brisa del atardecer.
El sol se puso y la noche se cerró sobre Atl y el artesano no se movió.
El sol volvió a alzarse y el naua no creyó que eso fuera más importante que la partida de su colibrí. Las estaciones mudaron y el que había sido llamado Atl de la casa de Coatl permaneció de pie mirando hacia el sur. Porque por allí se había retirado el Huitzín.
Hubo días de tormenta en los cuales el viejo no se movió a pesar de que las lluvias le lavaban la cara porque no quiso disipar con un gesto torpe la imagen de aquellos ojos amados.
Pasaron años antes de que el artesano supiera lo que sus vecinos habían visto antes con tanta claridad.
Había cambiado.
Los años de bailar para el rayo habían cambiado cada fibra de sur ser y la habían convertido en otra cosa… o tal vez solo la habían acercado a lo que realmente era.
Su cuerpo se había agigantado a fuerza de contener tanto amor.
Sus cabellos habían crecido y se habían convertido con los años en esplendidas plumas y su piel se había endurecido bajo el sol tropical y la lluvia monzónica hasta ser cuero negro y aceitado. Sus dientes y sus uñas habían crecido como puñales de obsidiana y sus ojos oscuros habían mutado en esferas del color del ámbar y la miel. Verdes escamas de jade tachonaban su cuerpo poderoso y enjuto.
Una mañana por fin comprendió que los años de bailar para su amado rayo lo habían mudado en una bestia esplendida y ante el rojo sol del amanecer dejó de llorar por su amor ausente y extendió sus brillantes y untuosas alas.
Fue en esos días en los cuales los hombres creyeron que había llegado el fin de los tiempos y que el imperio caería bajo la furia de los demonios llegados allende el mar.
Fue en esos días en los que la gente temía por su vida en las callejuelas de Tenochtitlan.
Fue en esos días en los que los aztecas decían que los invasores rubios tenían trajes de metal y bastones que convocaban al trueno y extrañas bestias de dos cabezas…
Fue en esos días en los que el artesano descubrió que el recuerdo de su colibrí ya no le dolía en el pecho y no le quemaba dentro de las venas y decidió ocuparse en otra cosa que pensar en su rayo. Tal vez solo para ver que se sentía volver a tener otras ocupaciones que el amor.
Decidió así reclamar nuevamente su vida para sí y volvió a desplegar sus alas pero esta vez tentando al vuelo.
Sin poder olvidar a su pequeño Huitzín, Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, el que antes de bailar para un rayo se había llamado Atl, desplegó sus membranosas alas cubiertas por plumas de quetzal y levantó vuelo. Montó los vientos de la jungla y dirigió su cuerpo de saurio hacia la costa.
Los pocos hombres de Cortés que sobrevivieron a su ataque recordaron hasta el último momento de sus vidas el día que se abatió sobre ellos la furia de la serpiente emplumada. El mismo Cortés, perdió la luz de la razón cuando un viejo sacerdote azteca le contó la historia de Atl, mientras lo preparaba para morir con honor en la cima de la gran pirámide.
- ¿Cómo quisimos conquistar estas tierras…?- Se preguntó Hernán Cortés… - si en estos reinos los enamorados se convierten en dragones, las aves mas hermosas eligen a los hombres más feos y los rayos liban de las flores.
martes, 15 de julio de 2008
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4 comentarios:
Esto es muy bello. Tiene una poesía magistral. Me gustó mucho. Es tuyo?
Sin palabras. No sabias que escribias cap. beso
Gracias! a las dos!! muchas gracias Marina... sip..lo escribí yo...es un cuentito...creo que el único de amor que he escrito. Por supuesto es una historia apócrifa acerca de Quetzalcoatl y los huitzines y el mismo Hernan Cortez que no tuvo el final que se merecia, descorazonado sobre una pirámide trunca.
Este cuento es precioso. Y si, Cortez se merecía acabar en las piramides.
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