martes, 24 de noviembre de 2009

Esta noche para siempre terminaron mis hazañas

Esta noche para siempre terminaron mis hazañas,
Un chamuyo misterioso me acorrala el corazón.
Alguien chaira en los rincones el rigor de la guadaña
Y anda un algo cerca `el catre olfateándome el cajón.

Una noche de verano allá por mediados de los 70`s sin que yo entendiera muy bien porque mi viejo arranco recitando un viejo tango de Agustín Magaldi y Luis Acosta García: “dios te salve m`hijo”
Ya habíamos cenado y estábamos aburriéndonos (al menos yo) en una sobremesa en casa de mis abuelos. Una mierda. El calor era insoportable pero yo no me podía quejar porque estábamos en la provincia de Corrientes. Y “eso no era calor…calor era lo de Buenos Aires”
El calor era una mierda igual. Yo no veía la diferencia.
Me entretenía viendo unas ranitas multicolores que subían despacito de entre las plantas de mi abuela, tratando de cazar insectos a veces mas grandes y fieros que ellas mismas…pero el estomago es gran tirano… y la tripa nos hace gigantes en miniatura aun mas que la utopía.
No se de que hablaban los mayores pero mi viejo empezó el recitado. Mi imaginación más que mi recuerdo me lo muestra abrazado a una guitarra que no sabía tocar, con el oscuro deseo que uno tiene por la mujer del otro. Pero no es posible… no había guitarras en esa casa de mierda. Había visto así de emocionado a mi viejo alguna que otra vez. Amaba el campo.
Era de esos hijos de tanos que se establecían en los suburbios pensando que las amplias praderas estaban pobladas de santos primigenios.
Amaba la música pero no había pasado de escucha por vago y por sordo. Alguna vez había abrazado una guitarra y rascando sin sentido el encordado había recitado con mala voz un tango reo. “cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel”
Pero solo eso.
Aquella noche arrancó el recitado del tango y seguía sin pausa y con ritmo dramático.
Mi abuelo miraba sin gesto en su rostro aindiado y mi abuela…que se yo. No me quedan memorias de esa mujer.
De mi madre… si. Mi madre languidecía golpeada por la vergüenza, maltratada por el arrebato histriónico del viejo.
Yo consideraba al viejo un ignorante y aquello lo ponía en otro plano para mí. Escuchaba fascinado.
“Un viejito lentamente se quito el sombrero negro,
Estiró las piernas tibias del paisano que cayo,
Lo beso con toda su alma, puso un Cristo entre sus dedos
Y goteando lagrimones entre dientes murmuró:
“¡pobre m`hijo, quien diría que por noble y por valiente
Pagaría con su vida el sosten de una opinión!
“por no hacerme caso, m`hijo, se lo dije tantas veces
No haga juicio a los discursos del dotor ni del patrón
Hace frio. ¿Verdad m`hijo? Ya se esta poniendo duro.”
“Ya esta oscuro” dijo mi vieja con su habitual cara de orto.
La magia se rompió, el viejo tartamudeo y entre colérico y lastimado protestó:
-es lo mismo…igual queda bien.
Mis abuelos disfrutaron el error más que el recitado y sonreían placidos.
¡¡¡Viejos de mierda!!!
Busco confortarme sabiéndolos cenizas pero el destino de cenizas es algo que comparten aun en su miseria. Salvo el primer zombi de Lázaro todos los demás tenemos el mismo final de juego.
¡La concha de la lora! ¿Por que me quema el pecho la vergüenza todavía?
Tarde 35 años en volver a encontrarme con ese tango.
Tarde 35 años en conocer el final de la historia y saber que el pobre viejito cavó una tumba para su hijo con su daga y con sus uñas y que envolviéndolo en su poncho como mortaja lo enterró junto a la tumba de la abuelita. Que volvió tarde esa noche al rancho y le mintió a la viejita diciéndole que el pibe se había ido contratado por una tropa y que se había llevado el poncho. Que el viejito le pidió a la viejita que prendiera algunas velas y que rezara por las almas que necesitan luz y paz.
Tarde 35 años en saber que hay heridas que el tiempo no cura y que aun siendo los rasguños mas pavos duelen como una puñalada de hielo en el alma.
Dios lo bendiga tata.
Pelotudos florecíamos muchos por los campos que ahora ahogan la soja.
Para muchos de nosotros la vida toda es un corto, patético y ridículo recitado interrumpido entre dos silencios eternos…
Oscar capristo